Amante
Me gusta el perfume que deja la noche, hoy como otros días contemplo la luna, su lento andar, su suave, casi tenue brillo, el paisaje que deja vislumbra es muy poco, pero es bello, es sutil como todo lo hermoso ¿no sé si algún día pueda dormir, sin antes ver la luna? No losé, pero, sinceramente, no me atrae mucho la idea, es como un rito, como un tic, quizá como una adicción, embriagarme de la luna, de su belleza, de su pureza, sentirme así yo un poco menos corrupto, expiar mis vicios con su brillo, también mis virtudes, esas las exageradas también las expío, he de dormir un rato esta noche.
Justo a las cuatro me despertó mi amante, la más sensual de todas, una musa por antonomasia, tan incógnita, tan oscura, sus cabellos, negros, su tez clara, y uno ojos grandes penetrantes, del color de la noche, su cuerpo, sensual como el de toda musa, incitador, como un violín para un violinista, pecaminosamente bello.
-¿Cómo estás Soledad? Hace mucho que no te veo- le dije mientras le abría la puerta.
-Hace mucho que no me necesita – me contesto con su desaire natural, un desaire excelso, erótico.
-No digas eso linda, siéntate, ¿quieres café?- podía invitarle vino, o quizá whisky pero a mi siempre me ha gustado el café, creo que hasta el peor café tiene una pizca de sensualidad, y como siempre deseo parecer más autoritario de lo que realmente soy, mi pregunta llevó una especie de imposición muy marcada, a lo que ella obviamente respondió que sí, con un movimiento vertical de su cabeza.
-Te noto muy impaciente, y a mí me gusta la paciencia, tu cortejo tan sutil, tan parsimonioso, siempre me ha movido, pero esta brusquedad con la que me acechas hoy me da nauseas, ¿a que se debe?
-Debes de disculparme Soledad, pero mi paciencia es en mí una virtud tan etérea como efímera, además si no te sintieras a gusto ya te habrías marchado. ¿No es así?
-Ni siquiera me has rozado con las yemas de tus dedos la mejilla y ya me has invitado a compartir contigo el más apasionado de tus vicios…
-Vamos, Sole, no te quejes –la interrumpí - ¿Qué tienes esta noche?…
-Además sabes que me es imposible marcharme –continuó- siento una loca y extraña atracción hacía ti.
-Lo sé, lo sé Sole, mejor dejemos estos temas, y disfrutemos de nuestro café.
No sé que le pasaba a Soledad esa noche, se mostraba un poco inquieta, se mostraba caprichosa, dicen que las mujeres tienes un sexto sentido cuando se trata del amor, o por lo menos de a lo que ellas llaman amor, quizá me ha notado con menos interés, quizá me nota, así como lo estoy desazonado, pero cada vez me llena más la luna, esa a la que miro cada noche, me gusta su oscuridad, como dije antes, me gusta su pureza. Yo miraba fijamente a Sole, hay algo en ella que me atrae demasiado, sus ojos que me muestran su alma tan vacía, tan… no sé pero pues de una taza a otra nos embriagamos de la sensualidad del café, la acaricie, a la luz de esa luna que me miraba, que nos miraba con celos, la tome de la mejilla, le bese los cabellos, mis dedos se cercioraron de todos los rincones de su cuerpo, me sonroje al tocar su pechos firmes, la luna se apagó, quizá enfurecida, quizás aburrida, yo me exalte, le quite su ropa, le mordí, el cuello, la tome entre mis brazos, la cargue, ella me decía, “Eres tú el hombre que necesito”, “eres la fuerza que me doma” “tú sabes como escribir en mi cuerpos las más épicas historias” Cada palabra que me decía me apasionaba más, me volvía loco, siempre me ha vuelto loco que me elogien que me hagan sentir único, poderoso, es mi debilidad, quizá caigo en lo corriente, quizá todos lo hombres somos propensos a eso y aunque me doy cuenta de eso no hago nada por remediarlo, ella, me tenía en sus manos, mi vigor aumentaba conforme a sus halagos, me sentía extasiado, dominante dominado, dominante físico, dominado mental, dominante directo, dominado indirecto, lo peor es que soy consiente de eso y poco me importó, sucumbí a mis impulso, la hice mía, “Eres mía, Soledad” le gemí, sudamos, cantamos, quedo arriba, la puse bajo, la sometí, “Dime que eres mía, Soledad, dilo” le exigí, ella gemía que era mía, “soy tuya, soy tu Soledad”, sucumbí a soledad, la besé, la acaricie, pero había algo embriagador, cada beso, hacia que existiera menos el contexto y más el elemento, que mi cuarto se llenará de Soledad, mi ser se lleno de soledad, era algo excitante, pero vacío, sórdido, nuestros cuerpos chocaba con bestial fuerza, yo lo hacia con enfado ya, con cólera, no sabía porque, ella gritaba, lloraba, “soy tu soledad” ladraba, mis ojos desorbitados, mis manos trémulas, mis labios secos se movieron todos hacía el mismo lugar, en un aullido la aventé, la recosté, con las pocas fuerzas que me quedaba, me quise separar, pero en ese momento caí, pensé que me había desmayado, pero aunque no me podía mover, mis ojos veía, mis oídos oían, mi boca gustaba, mi cuerpo sentía, mis narices olía, olía el perfume de sus pechos, pues justo ahí había caído, los veía, los sentía, hasta los probaba, pero lo peor era que la oía, “estás sólo con migo, Soledad. Soy yo tu musa, tus recuerdos se muestran en mí, observa mis pechos, sangran, tú los has hecho sangra, me encanta, has escrito en mí tus más profundas emociones, me aborreces, en la medida en la que te aborreces a ti mismo, en otros encuentros, me amas, me elevas, me haces poesía, porque en esos momentos tú eres poesía, pero ahora, eres sórdido, y me sientes mezquina, te exaltas, ¿verdad?, soy tuya, tu soledad, úsame, pues cuando estas conmigo eres tú verdadero, tu profundidad se vuelve superficial, y pus mascaras desaparecen, sedúceme con calma, hazte mío, vuelca tu yo en mí, hoy te he llenado de mí, te has llenado de soledad, pero eres aborrecible, mezquino, corriente, eres uno más hoy eres uno más, no me llamas la atención, eres uno en la manada, de vicios corrompidos con virtudes sobrestimadas, no eres aquel que con toda la verdad de mi corazón dije, que eras, no eres el Homero que pinta en mi odiseas, No eres el Borges que pinta en mí laberintos, no eres el Beethoven que escribe sinfonías en mi femineidad, no eres el Da Vinci que pinta la última cena en mi espalda, eres tú, un amante del café y de la luna, que toma el café más vulgar, conformándose con su pizca de sensualidad, y contempla la luna sin atreverse a tocarla, esta noche fue un regalo para ti, cuando despiertes me habré ido, te dejaré con tu soledad”
Al día siguiente me desperté con una resaca horrible, que curé con un buen vino, hice mis labores cotidianas, escribí un poco y al llegar la noche, volví a mi rutina, contemple la luna que apenas y se dejaba vislumbra, disfrute el aroma de la noche, cabe decir, que no tomé café, me acosté, y Soledad, no llamó a la puerta.